La semana pasada tuvo lugar una de las noticias más importantes del mundo Linux que se han producido en los últimos meses: la publicación de la versión 1.1 del Linux Standard Base (LSB) para la arquitectura IA-32 por parte del Free Standards Group, versión que se considera como la norma esencialmente completa y definitiva. Aunque para la mayoría de los usuarios esto no parezca tan relevante, lo cierto es que se trata de un paso largamente esperado por la industria Linux.
El objetivo del LSB es crear un conjunto de normas estándar que regulen cómo deben estructurarse las distribuciones Linux en busca de la máxima compatibilidad entre distintos fabricantes. Por ello, el contar finalmente con estas normas implica ventajas como la simplificación en la gestión de sistemas informáticos y el apoyo por parte de los desarrolladores a múltiples plataformas Linux, lo que redunda en un aumento de la base de usuarios y de la utilización de software libre en general. De este modo, será posible elegir sin miedo una distribución Linux, sabiendo que si no nos agrada y queremos cambiar, la migración no será tan ardua como hasta ahora.
Sin embargo, para que esta “utopía” tenga realmente éxito, es imprescindible que los fabricantes tengan la disposición necesaria de adoptar el LSB en sus distribuciones. Para ello, el LSB cuenta con una suite de pruebas, una implementación de ejemplo y un entorno de desarrollo cruzado.
Empresas como Caldera, Red Hat o SuSE son clásicos apoyos del proyecto y han ido aumentando progresivamente la compatibilidad LSB de sus productos en cada nueva versión. Lo que hace falta ahora es que los fabricantes se pronuncien al respecto y se publique una lista de distribuciones compatibles y cumplidoras del LSB.
Por fin, Linux es “compatible consigo mismo”. Hasta la semana que viene.
Editorial publicada originalmente en el Boletín de Noticias Linux nº 20 (2ª época) el 13 de febrero de 2002.